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Que lindo es verlo respirar

De repente la linea enloqueció. Se volvió violenta, irregular, histérica. Era  bella y armónica. Era estable. Era luz. El primero en verla alerto al resto. Una frase hecha. Un código. Algo que en si mismo no significaba mas que un leve llamado de atención. En tono calmo, serio. Todos los presentes arrojaron la vista al monitor. Soltaron  lo que llevaban entre manos. Se empezaron a mover. Sincronizados. Un ballet de batas verde esmeralda. Giros. Cambios de posición. Uno a la cabecera. Uno a cada lado. El resto yendo y viniendo. Buscando y trayendo. Y el sonido agudo de la alarma anulaba el espacio. Anulaba el tiempo. Todo es movimiento, pero nadie habla. No hace falta. Ochenta kilos morochos pesan sobre dos manos que se entrelazan y se apoyan en el pecho izquierdo de quien yace. Rítmicos movimientos de colapso. Subida y bajada. El morocho se agita. Respira hondo y sigue. El resto se sostiene en inhalaciones breves. El encargado de vigilar la pantalla se emociona. La linea cambia. Se ap…
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Carta a Camila

"AdoradaCamila: te escribo sabiendo que al recibir esta carta, al ver de quien proviene, con toda seguridad la romperás y la tiraras, tan rápido, como si el papel envenenado de un amor tan terrible y doloroso te quemara la punta de los dedos y, desde allí, te incendiara el cuerpo. Te escribo sabiendo que, aunque leyeras mis tristes versos, no responderías. Ya me has dejado en claro que se han acabado las palabras destinadas a quererme. Me has hecho saber, de formas tan verosímiles, que has dejado todo lo que te fue posible dejar. Y lo imposible también. Lo increíble y lo terrible. Lo real y lo inventado. Lo que dictaba tu cuerpo y lo que prohibía a gritos tu alma, desesperada. Te escribo sabiendo que, aun si respondieras a estas palabras, tan dolorosas, tan descaradas, tu respuesta no haría mas que hundir en mis entrañas el puñal de la derrota.  Aun así te escribo, amada Camila, para decirte cuanto lamento haber sido tan mezquino con mi amor, tan insulso de caricias, tan corto de…

De todo y de nada y del mundo.

50 pasos a la derecha y 10 a la izquierda. Desde la esquina del Jacarandá hasta tu portón. 5 pasos más desde mi puerta hasta el árbol. Esa era la distancia exacta que nos había separado siempre. 65 pasos. Lo sé porque solíamos contarlos, jugando en la vereda, atardeceres inmortales. Los contábamos simulando que eran kilómetros y que recorríamos esa inmensa distancia sólo para encontrarnos. Por encontrarnos. ¿Te acordas?. Contábamos los pasos y al acercarnos, cuando ya quedaban pocos, abríamos los brazos, gigantes, ansiosos por ese abrazo. Risas infantiles. Vueltas en el aire. Caer al pasto en la entrada de tu casa, o de la mía. La ropa verde hierba. Pasto en tu pelo. Las flores lilas del Jacarandá que juntabas para regalarme. Una en mi pelo y otra en el ojal de tu remerita de uniforme. Y el sol caía. Moría solo y envidioso al final de la calle, vigilando nuestra algarabía. Pero nosotros no queríamos entrar. Contábamos los pasos, ¿te acordas?. Jugábamos a encontrarnos. Imaginábamos que…

Clementina

Pablo atravesó las inmensas y macizas puertas a paso tembloroso. Apenas podía contener el aliento. El corazón se le escapó por la garganta. El ambiente olía a tabaco fuerte. El sudor frío le erizaba la piel de la nuca. <La vida es eso que pasa cuando cruzamos una puerta>, pensó, y juntó valor para enfrentar lo que fuera que encontrara al final del pasillo. No sabía que esperar. Se había preparado para lo peor aunque esperaba, rogaba por lo mejor. Camino lento, alargando los minutos como quien raciona agua en el desierto. Camino recto, decidido, con aplomo de soldado y espíritu de niño ilusionado. Camino, porque ya estaba demasiado lejos de la entrada. Las molduras de mármol daban al lugar ambiente a mausoleo, a historia, a pasado. Los tablones de madera crujían a cada paso, insoportable rechinar de clavos oxidados. Nunca entendió la fascinación de Clementina por esas tumbas vivas, esas tremendas moles olvidadas, habitadas por necios insectos aristocráticos. Sin embargo, camino, …

El para siempre es solo una opción

<El mundo nos mira de lejos...>, dijo Lucia, sin previo aviso, y se cebo un mate amargo. Tenia los ojos aun pintados de negro. Desparejos. Las pestañas apelmazadas. Pasó el mate y apretó los labios. Quería seguir hablando, pero no estaba segura de que decir. La noche no había hecho un corte limpio y el día la sorprendió desnuda de escudos. Desnuda de cobijas. La ronda era corta y el mate volvió rápido. Se cebo otro. Aun con la bombilla en la boca levantó la vista y miro a Sandra, que escondida entre los tallos largos de las margaritas medio muertas parecía adormilada. Aprovecho el de reojo y paseó la mirada hasta la hamaca del patio. Nico dormía desplomado. Desordenado. Increíble. Ajeno a todo lo que pasaba en el rellano del comedor. <... y yo queriendo tenerte tan cerca. Tan ciego>. Sandra espabiló y agarro el mate que le pasaban. Nico dormía. Iridiscente. Lucia apretaba los labios. La noche, tan larga, tan sobria, se encaprichaba en perdurar. El mate amargo. Los tallos l…

Siempre pensare que el amor es hacerse reír.

¿Que pasa cuando miras alrededor y ves lo que hace tanto tiempo querías ver?.  Primero, te regocijas en el hecho de que aquella magnifica visión es producto último de tu arduo trabajo. Te abrazas a vos mismo. Te besas. Te acurrucas en la victoria. Después, casi inmediatamente al ultimo auto-beso, empezas a pensar en formas de mejorar esa utopía. Un pequeño paso por acá. Otro pasito por allá. Todo es válido porque, ahora que por fin te sentís amo y señor de tu alma, todo es posible. Tenes delante un gran bastidor de pintor, con una enorme tela blanca, tan pulcra, tan brillante, esperando a que des las próximas pinceladas. Y por un breve momento, es aterrador. El espacio diáfano. La infinidad de formas. Vacilas. Los pies clavados en el piso. Probablemente los ojos cerrados. Los labios apretados.  De pronto, la risa. Una carcajada espantosa. Violenta. Polifónica. Una risotada inmensa irrumpe en tu garganta, nacida y crecida en el centro de tu pecho. Empuja, autoritaria, toco el camino po…

Octavo circulo

La puerta roja. Las cadenas. El candado. El piso de cemento áspero. Calor. El inútil rayo de luz que entraba, arrogante, cegador, por la única rendija que quedaba entre tanto vacío. No estaba seguro de donde se encontraba. No sabia cuanto tiempo había pasado. Era un día normal. Soleado. Un poco húmedo. La camisa lo tenía sofocado. Ya se había aflojado el nudo de la corbata. Todavía le quedaban dos juzgados por visitar y luego, por fin podría volver a casa. Las carpetas repletas de papeles le lastimaban el brazo. Primera parada. Todo en marcha. Ordenes firmadas. Apelaciones en curso. La calle. La sombra inexistente que no le permitía resguardarse del sol. Segunda parada. Un problema de semántica en un anexo. Correcciones gramaticales. Lograr los objetivos. Siempre. El era un tipo sensato, práctico. Si la forma de sacar adelante un proceso era cambiar un par de palabras, se hacía. Sin mas. El era muchas cosas, pero ahora se definía a sí mismo con verbos en pasado. Era. Tenía. Hacía. No …